#Opinión: A propósito de educación pública: ¿Y del campo qué?

¿Y por qué educaciones rurales y no educación rural a secas? Empecemos por ahí: Porque ni el campo colombiano es uno solo, ni hay un solo contexto rural y, mucho menos, una identidad rural unificada.

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Foto: La Voz del Cinaruco.

Ahora que estudiantes, profesores, padres y madres de familia se pronuncian en las calles por la defensa de la educación pública, resulta aún más pertinente y necesaria esta pregunta: ¿Cómo están y hacia dónde van las educaciones rurales?

¿Y por qué educaciones rurales y no educación rural a secas? Empecemos por ahí: Porque ni el campo colombiano es uno solo, ni hay un solo contexto rural y, mucho menos, una identidad rural unificada.

Como lo consignamos en la investigación denominada Radio Sutatenza y Acción Cultural Popular en la era digital, “hablar del campo colombiano y de lo que significa ser campesino es pisar terrenos complejos, pues no nos podemos referir a una sola identidad sino a identidades llaneras, vallunas, montañeras, costeras, selváticas, entre otras.

Con diferentes delicias gastronómicas, como las hallacas nortesantandereanas, el tamal tolimense, el asado huilense, la bandeja paisa del Viejo Caldas y Antioquia, la butifarra atlanticense, el sudado de pescado del Pacífico y el ajiaco bogotano.

Otras variadas propuestas musicales como el vallenato, la cumbia, la carranga, el joropo, el bambuco, el currulao, el torbellino, el rajaleñas, Son, como vemos, oímos o saboreamos, manifestaciones culturales variopintas como la propia geografía colombiana, las cuales tampoco han salido ilesas de la arremetida violenta.

Según el sociólogo Alfredo Molano, no sólo se ha hecho o se ha pretendido hacer el desplazamiento físico de todos aquellos que se niegan a obedecer a los guerreros, sino lo que podemos llamar un “desplazamiento simbólico”: “Los alabaos y los arrullos (cantos típicos del Pacífico) fueron reemplazados por los corridos norteños y por los vallenatos modernos; los tambores y las marimbas sucumbieron bajo el ruido de los altoparlantes”, dice Molano.

Bueno, y si a pesar de esta dramática realidad el campo colombiano sigue siendo diverso y multicultural, ¿por qué habría de existir una propuesta unificada de educación rural?

Un congreso nacional que pone a la educación en discusión

Esta fue una de las preguntas planteadas en el V Congreso Nacional de Educaciones Rurales, que acaba de deliberar en Bogotá, con la participación de 150 representantes, integrantes a su vez de 14 mesas regionales en diferentes zonas del país.

Es solo una de las propuestas concretas planteadas desde los territorios colombianos, para que sean tenidas en cuenta tanto en el Plan Nacional de Desarrollo, como en los planes regionales.

“El campo necesita y merece que se gestione una política pública acorde con sus necesidades”, dijo Adriana Soler, integrante de la Mesa Nacional, en diálogo con Mundo Rural, el programa radial de las Escuelas Digitales Campesinas.

Le preguntamos entonces: ¿Y cuál es la idea de país y de progreso desde los territorios?

“Sabemos que ser docente o estudiante rural en este país es toda una odisea. Por ejemplo, en Antioquia –como ocurre en tantas otras regiones colombianas– muchos estudiantes necesitan dos días de camino para llegar a sus escuelas. Muchas veces trabajan a la intemperie.

Para solucionar este tipo de asuntos necesitamos voluntad política, que se traduzca en recursos efectivos. Por eso queremos que haya muchas voces de los territorios, que sean reconocidas y que haya respuestas efectivas”.

A ella y a los demás dolientes de las educaciones rurales, las alienta esta consigna del sacerdote Francisco Ocampo Aristizábal, ex director de la Corporación Educativa para el Desarrollo Integral (Coredi): “No se cansen, trabajen siempre en equipo y recuerden que siempre hay una deuda histórica con el campo”.

Por: Juan Carlos Pérez Bernal. Equipo Editorial El Campesino.

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