Soy Héctor Herrera de la vereda Hipaquira del municipio de Garagoa, Boyacá, y veo como de un tiempo para acá ha habido cambios en cuanto al entierro y el duelo de una persona en la vereda.
Cuando moría un vecino, nosotros éramos muy solidarios, teníamos que ir a donde los dolientes a llevarles una ayuda como comida o un oficio manual, porque los familiares del difunto realizaban gastos para atender a la gente que acompañaba el entierro y la novena para el difunto.
En esa época debían bañar al difunto para después amortajarlo y echarlo en el cajón, como antes se decía. Había que contratar a dos señoras rezanderas para que oraran y cantaran toda la noche hasta el amanecer, a esto concurría mucha gente, a rezar y pedir por el alma del difunto.
Después de las exequias los dolientes invitaban a la gente a una tienda que quedaba al frente del cementerio la cual llamaban “la última lágrima”, porque ya se empezaba a olvidar al difunto tomando cerveza que ofrecían los familiares.
Hoy en día muchas cosas van cambiando, la amabilidad de la gente se va perdiendo, llegan solo a comer o por la curiosidad de saber cómo están los dolientes, qué dicen o quién llora más, pero no porque de verdad quieran acompañar en ese dolor a sus familiares, o porque de verdad sientan de corazón la muerte de aquella persona.
Hoy las cosas son más materiales, dejando a un lado lo que más importa, la amabilidad, la empatía y el amor.
Por: Héctor José Herrera. Reportero rural de Garagoa.