El brindis que acompaña nuestras celebraciones es un antiguo gesto adoptado por los cristianos y transformado en lo que hoy conocemos, pero no es sólo eso…
Por Lucandrea Massaro
Se brinda cuando se está feliz, se brinda para celebrar un evento, se brinda para recordar a un amigo o a un pariente que ya no está. Los momentos más importantes de la vida se hacen con el brindis: un vaso en la mano, sea de vino o de cerveza.
Y no es casualidad que los procesos de fermentación o de vinificación sean tan antiguos y que hayan sido a menudo los monjes quienes los perfeccionaran en varias partes de Europa.
Rino Cammilleri en su blog comparte esta breve cita:
“El brindis, un gesto tan antiguo casi como el beber, de profundas raíces religiosas. En su origen, la “libación” consistía, además de pronunciar invocaciones a la divinidad, en ofrecer a los dioses el primer sorbo de la bebida. Según algunas fuentes, el hábito de chocar las copas es una invención cristiana, pues su tintineo evoca el sonido capaz de alejar a los demonios de las campanas de la iglesia” (Michael P. Foley, Drinking with the Saints, 2015).
En seguida vienen a la mente los pasajes de la Biblia del libro de los Números (capítulo 2), donde los abundantes catadores son prescritos a los judíos en los rituales que honran a Dios.
Pero además de esto, sinceramente, me vienen a la mente citas de Chesterton:
“El gran problema (habla de prohibicionismo) es que mezclamos causa y efecto. Son dos modos de beber. Si uno es feliz, bebe para expresar su alegría. Este es un buen beber. Pero está también el caso de quien es tan infeliz que bebe para buscar la felicidad. Y no se llega a la raíz del problema haciendo que deje de beber. Para llegar a la raíz, debe cambiar el sistema industrial que lo vuelve infeliz. No es sólo una cuestión de distribuir mejor la riqueza, aunque esto ayudaría. Además, tenemos que conservar las viejas costumbres, los bailes, las canciones, las creencias: las cosas que mantenían feliz al hombre antes que naciera la industria moderna”.
Chesterton recapitula brevemente la cuestión también en el libro Herejes, publicado en 1905:
Sobre nosotros ha estallado con cierta virulencia una
nueva moral relacionada con el problema de la bebida;
y los entusiastas en el asunto van desde el hombre que
a las 12.30 ya es violentamente expulsado del pub por
culpa de su estado de embriaguez hasta la mujer que
destroza las barras de los bares con un hacha. En estas
discusiones, casi siempre se piensa que una posición
sensata y moderada pasa por decir que el vino y demás
licores deberían tomarse sólo como medicina. Y yo me
atrevo a disentir de ello con especial ferocidad. La única
manera verdaderamente peligrosa e inmoral de beber
vino es considerarlo una medicina. […]
Lo sensato en este asunto parece ser, como sucede
con tantas cosas sensatas, una paradoja. Bebe porque
eres feliz, pero nunca si eres desgraciado. No bebas
nunca si te sientes mal por no beber, o serás como esos
bebedores de ginebra de los tugurios, que tienen la cara
gris. En cambio, bebe si fueras feliz sin beber, y serás
como el risueño campesino italiano.
Beber en sí mismo no es malo, incluso ese poco de embriaguez que a veces se siente no es otra cosa que un exceso momentáneo si no se intercambia la botella con la fuente de la felicidad. Quien es feliz sin la botella lo será también con un par de cervezas o dos vasos de un buen vino tinto.
Hoy nos quisieran hacer dejar de beber en lugar de enseñarnos a beber. La moderación es lo contrario tanto del exceso como de la privación a toda costa. Aquí no se habla de un sacrificio momentáneo, útil y también edificante, sino de la idea de que beber hace mal por sí mismo para cualquier malsana forma de salud obsesiva.
Jesús, de hecho, comenzó su ministerio público en un matrimonio cuando el vino se había terminado. ¿Querrá decir algo no? Dios frente a la tristeza interviene siempre, y un matrimonio (acto gozoso) no puede funcionar sin aflojar un poco la tensión…
¿Qué nos asusta hoy si no los excesos a los que los jóvenes –13 y 14 años borrachos el sábado por la noche– se enfrentan, las bebidas alcohólicas que se beben como agua fresca, es decir, sin criterio, sin gusto y en realidad sin verdadera alegría? Pero entonces, hay que enseñar esta alegría a los hijos. Y explicarles que hay un tiempo para cada cosa como dice el Eclesiastés…
San Arnulfo de Metz, decía: “La cerveza llegó al mundo por el sudor del hombre y por el amor de Dios”. Y G. K. Chesterton en Ortodoxia: “Deberíamos agradecer a Dios por la cerveza y el Bordeaux no bebiéndolos en exceso”.
En otras palabras, mostremos nuestra gratitud a Dios por el vino y la cerveza gozando de estas cosas, con alegría y en buena compañía, pero sin excedernos. Cada persona debe juzgar lo que es para sí un exceso. Finalmente, también para beber hay una manera católica (gozar) y una “del mundo” (consumo)…
Fuente: http://es.aleteia.org/2017/02/01/que-tiene-que-ver-dios-con-el-vino-y-la-cerveza-y-con-el-brindis/