Carta del campo: Contar historias para despedirse de la guerra

Tras pertenecer a las antiguas FARC durante 31 años, Yudy Viviana espera que con educación y esperanza se pueda construir una Colombia en paz. Así lo ha demostrado en sus capacitaciones con las Escuelas Digitales Campesinas de ACPO.

0
770
Foto por: Diana Marcela Marín

Soy Yudy Viviana Sánchez Rojas de 51 años y nací en el Caquetá en una vereda llamada Los Andes, allí fue donde viví la mayor parte de mi niñez. Yo era una mujer muy joven y pobre, también tenía mis aspiraciones y aunque mi vida no ha sido fácil tampoco ha sido la peor.

En mi humilde casita vivía con mis padres y mis hermanos, éramos cuatro mujeres y dos hombres, mi padre de nombre Reinaldo y mi madre María Elena. Mi padre todos los días salía a las 05:00 am y regresaba cansado de trabajar, mi madre se encargaba de los oficios de hogar y de revisar los cultivos de  yuca, plátano, café y cacao.

Los fines de semana íbamos de pesca con mi padre y mis hermanos, los domingos mis padres se iban para el pueblo más cercano a  traer el mercado y cuando no llegaban temprano nos tocaba cocinar solo yuca o plátano porque el mercado solo alcanzaba para el domingo a mediodía.

En 1958 cuando tenía 14 años conocí a la guerrilla en una fiesta que había, bailé con un hombre llamado Gilberto que pertenecía a las FARC y que me preguntó si quería irme con ellos, lo pensé un poco y le dije que sí pero que hablara con mis padres. Él lo hizo y después de ver llorar a mis padres y hermanos me fui. 

De camino arrimamos a la casita donde viví mis mejores años rodeada de amor y felicidad, quiero contarles que quien más me ayudó a tomar esta decisión fue la profesora Orfelina Días, ella me dijo “váyase con ellos mi niña, usted es una mujer muy berraca y guapa y no va a sufrir por allá”. Me regaló un par de zapatos que eran de ella y nunca entendí porque la profesora me aconsejó, pero lo cierto fue que le hice caso.

Comencé a conocer la realidad de la vida en la guerrilla, el despertar en el monte con la bulla de los pájaros, los grillos y otros animales, pero también el pito de despertar a la gente dentro de las montañas. Día a día me hice más fuerte pero no dejaba de pensar en todo aquello que había dejado atrás, sobre todo no olvidaba las lágrimas de mis padres.

Llevaba 15 días y me encontraba en mi hamaca sentada llorando del frío, en ese momento pasó por mi lado una mujer llamada Milena, me abrazó y me invitó a dormir con ella en una cama hecha con varas, desde ahí siempre estuvo pendiente de mi. En las alarmas preventivas me explicó que no me asustara porque los disparos que sonaban eran de nosotros mismos.

Fueron pasando los meses y los años y  ya yo hacía todo lo que hacían los demás, así dure 31 años dentro de esta organización hasta que llegó el 2016 donde se dio el diálogo de paz. Salí beneficiada con mi pareja para la zona de concentración Felipe Rondón en La Macarena, pero allí no duramos mucho tiempo y nos vinimos a vivir a Florencia, Caquetá. 

Aquí me encuentro estudiando mi bachiller y también conocí el proyecto Mujer Mestiza, Indígena y Afrodescendiente – MIA de ACPO y la Unión Europea, que es una gran oportunidad para aprender. Ya terminé 6 cursos con certificados por lo que quiero agradecer a las escuelas digitales campesinas.

Por: Yudy Viviana Sánchez Rojas. Participante del proyecto MIA en Caquetá. 

Editor: Karina Porras Niño. Periodista – Editora. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here